domingo, 25 de diciembre de 2011

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Para Diego Márquez

No sé por qué, pero últimamente me he estado acordando mucho de ti. Es decir, todos los días inconscientemente te recuerdo, pero ahora los recuerdos son más recurrentes y más directos. Como al principio.

Todavía tengo la imagen perpetua de tus ojos verdes profundos, todavía puedo recrear en mis recuerdos tu risa alegre, tu voz, tu sonrisa. Recuerdo al principio como te extrañaba, tu recuerdo constante me perseguía inconscientemente y la tortura de tus memorias invadía mi mente, invadía mi alma, me invadía a mí. Y no podía hacer nada al respecto.

Alguna vez te escribí una última carta, te la leí, te la dejé, y te lloré. Alguna vez te dije que iba a ser la última vez que te hablaba, que te trataba de buscar entre el infinito. Pero, nunca hubo mentira más grande que esa.

No te quiero cansar diciéndote siempre lo mismo, pero ¿Qué más puedo decir? No encuentro más. No encuentro nada más que seguirme lamentando. ¿Lamentar qué? No lo sé, tu pérdida tal vez, una pérdida en la que yo no tuve nada que ver.

No sé si te hayas dado cuenta, pero desde entonces nunca más te he vuelto a visitar. ¿Seré cobarde? A lo mejor trato de evitar la nostalgia.

Bueno, me despido de ti como tantas otras veces, deseándote lo mejor como siempre. Espero que donde quiera que estés, no nos hagas caso. A veces es más lo que aparentamos que lo que de verdad sentimos, conel tiempo lo podremos superar. Como según yo, ya lo hice.

No sabes cuánto te quiero, cuánto te quise y cuanto te querré. Por favor, cuídame como lo has hecho todo este tiempo.

-M. Zérega

P.D. Sigo pensando que tienes el nombre más bonito de todos.
P.D.D. No sé cómo hacerte llegar esta carta.

jueves, 22 de diciembre de 2011

La Damisela

El otro día, me pude di cuenta de que te encontrabas en una relación…
¡No sabes cuánto gusto me dio! Espero que por fin encuentres a alguien que te aguante.

Al final cómo me desesperabas. Eres muy dulce, y eso me gustaba; pero en ocasiones demasiado débil, y yo… yo puedo ser cariñosa, pero también soy cruel.

Aunque me ayudaste a descubrir una parte de mi personalidad que no conocía, me enseñaste a ser dulce, incluso en ocasiones tierna.

Pero, en vez de ser el aventurero caballero que va a rescatar a su amada… yo era el príncipe azul, y tú la damisela en peligro.

No sé si lo hacías para llamar la atención (porque francamente, estabas un poco falto de cariño), o así eres tú. Nunca lo supe y nunca me importó.
Ya estaba harta de escuchar tus problemas, de que siempre ‘lo supieras todo’, y que según tú; me conocías demasiado bien. ¿Sabes? Ni siquiera yo me conozco, así que tú no sabes nada. Por eso te dejé de querer.

Porque no sé si fue obsesión, o de verdad te amé; pero de verdad me importabas mucho, y te quería. Pero éramos tan iguales en forma de pensar, pero tan diferentes en personalidad que al último resultaba harta de ti y tú siempre terminabas llorando.
Y me resultó peor. De todas formas esto ya no funcionaba y tú seguías rogando con esperanzas aunque te dijera la cruel realidad. Seguías intentando revivir algo que ya no tenía remedio.

Eran muchos factores en contra, de hecho todos estaban en contra y solamente uno a favor. Y tú mismo hiciste que fuera el que derrumbara todo.
Espero que seas felíz, muy felíz. Tanto como dices que fuiste conmigo, incluso más. Deseo con todo mi corazón que me olvides, aunque tú digas lo contrario. Pero sobre todo espero que encuentres un amor, un amor que esté contigo siempre y te sepa sacar adelante; no alguien egoísta como yo, a quien le dejó de importar el bienestar ajeno hace mucho tiempo.

El Cascanueces

De pronto, miré mis pies. Tenía mucho tiempo que no les ponía la más mínima atención. Los miré y me sorprendí. En mi mente tenía el recuerdo de haberlos visto lastimados, a veces incluso con sangre y llagas. Ahora no miraba el menor indicio de todo el esfuerzo que se depositaba en ellos; solamente al tratar de poner mi pie en pointe como antaño lo hacía, volví a ver su antiguo carácter. Aún mantenían su fuerza y su postura. Me emocioné.

Tras calentar con la rutina que ya sabía de memoria por tantos años y que no había traído de mis recuerdos desde hacía mucho tiempo, fui por mis adoradas zapatillas de pointe.

Me puse mis punteras de goma, ya un poco viejas y usadas; y mis zapatillas desgastadas por el uso, que enredé alrededor de mis tobillos, con la rutina que ni necesitaba repasar; y las anudé en un moño, como lo hacía antes.

Puse mi canción favorita: ''El Cascanueces'' de Pyotr Tchaikovsky, y me puse a bailar.
Aún recordaba todos los pasos, todos los tiempos, todas las marcaciones. Aún sentía la música, hipnotizante que se transfería a mis pies, que por falta de práctica no soportaban ya el esfuerzo. Mis pies me dolían, pero yo seguía, como si nada pasara. Jamás me he sabido dar por vencida y ¿Por qué iba a hacerlo ahora? ¿En mi propia casa? No, tenía que continuar. La música dio su última nota y yo terminé en mi paso preferido: el arabesque.

El dolor era muy fuerte, me quité mis zapatillas y revisé mis pies rojos, cansados e irritados. Ni modo- Les dije- Bienvenidos de nuevo al trabajo.

martes, 20 de diciembre de 2011

Sin Título

Ésta sensación me está matando, lenta y sigilosamente. No sé que sea, ni lo quiero saber. No vaya a ser que esto me ataque con más fuerza.

Es una enfermedad. La enfermedad que causan mis noches de insomnio al estar pensado que pasaría. Ahora me miro al espejo y miro las manchas purpúreas bajo mis ojos, producto de pensar en tí en el momento menos indicado.

Debo de decir, que llevo varias noches en vela, dándole vueltas al mismo asunto. Es un poco extraño, porque jamás me había pasado nada parecido… y espero que no me vuelva a pasar.

Entre más pienso, menos coherentes van siendo mis pensamientos, menos se entrelazan las ideas y poco a poco mi mente comienza a divagar. Éste frío interior que siento desde hace tanto, se vuelve más cruel y cortante al pensar en todas aquellas cosas que pudieran suceder, fruto de mi mente perversa y mi corazón masoquista.

Es una ilusión, todo en lo que creo no existe. No hay nada concreto, no hay nada dicho. ¿Estaré perdiendo el juicio? Me he contradicho no sé cuantas veces, me confundo con mis propias palabras… ya ni sé que quiero decir, que quiero hacer, que quiero pensar.
¿Será acaso que necesito un poco de la vida real? Me he estado aislando tanto del mundo en el que vivía, he llenado mi mente de tantas imágenes irreales, que a veces siento que no encajo en mi propia vida. Si tratara de incorporarme a mi viejo mundo, cierto es que me vería un poco en problemas. Si bien, yo misma lo creé, nunca encajé del todo bien. Y nunca me importó hacerlo.

Aunque antes me fastidiaba tanto, de vez en cuando extraño la sensación de cansancio a la mañana siguiente, el maquillaje negro mal lavado alrededor de mis ojos, mi cabello enmarañado y la ropa impregnada de todos los tipos de humo posibles.

Ahora es el mismo cansancio, pero sin ese espectáculo de personajes vacíos y superfluos del que solía rodearme, compitiendo siempre como animales salvajes. Ahora, solamente cuenta con un único personaje, que a veces es tan imposible que haya coincidido en mi vida, que en muchas ocasiones dudo de su existencia.

- M. Zérega

lunes, 19 de diciembre de 2011

Casino Badia.

El ambiente lleno de humo, de risas, de gente de todos los lugares, de todos los idiomas se reunían en este punto. Y yo, preso de la fascinación de un nuevo mundo, hipnotizado por el centelleo de las lentejuelas y el vaivén de telas vaporosas; me sentía como si hubiera sido transportado a otro mundo, un mundo de exóticos placeres, donde todo lo prohibido era bienvenido, donde el exceso al que estaba acostumbrado, era lo más normal del mundo; siempre manteniendo una inimaginable sofisticación, tan extraña como exótica.

De repente la audiencia calló, desde el micrófono la voz del locutor decía unas palabras en una lengua extraña para mí. El público comenzó a aplaudir, sucedido de un súbito silencio. Sólo se escuchó a la voz que decía ese nombre que cambiaría mi vida: ‘’Samia Gamal’’

Entre el silencio y la multitud solemne comenzó a sonar la orquesta, una orquesta llena de sonidos nuevos y desconocidos para mí, que llenaban mi espíritu de libertad y a la vez de misticismo. Pero ahí no paró todo, lo impactante fue cuando miré aquella figura salir, con su caminar felino y su belleza ancestral. Era Samia.

Envuelta en un velo rojo apenas se lograba distinguir su rostro, del que solamente dejaba a la vista sus ojos, y entre la tela translúcida se delineaba la figura de su cuerpo. Caminaba como lo hacen los tigres cuando acechan a su presa, miraba como un águila con un punto fijo dentro del paisaje infinito de gente.

Comenzó a moverse, lentamente mientras deslizaba el velo por su figura y se iba descubriendo poco a poco el brillo de las lentejuelas que adornaban su vestido. La música sonaba, tranquila, hipnotizante y misteriosa llenaba el ambiente envuelto en el humo de mil hookahs que se arremolinaban alrededor de su cuerpo, que se movía con el encanto de una serpiente.

Yo, la miraba extasiado, hipnotizado con las olas que formaba aquel velo, con su cabello ondulado que acariciaba sus hombros. Viendo su rostro moreno de labios gruesos y rojos como un higo recién abierto. De pronto, sus ojos negros de largas pestañas se clavaron en mí, mientras su velo rojo flotaba sobre su cabeza y su falda vaporosa se enredaba entre sus piernas.

A partir de ese momento, nada volvió a ser igual. Fue un hechizo el que ella me dejó. No podía hacer otra cosa más que verla, brillando entre lentejuelas, bailando de un lado a otro. Era la reina del lugar.

La música paró, ella hizo una reverencia y una sonrisa se dibujó en sus labios mientras salía entre aplausos, silbidos y flores. Y así, dejó el escenario repleto de soledad y a la gente hechizada, seducida.

Al ser ella el último espectáculo de la noche, me tuve que ir. Salí y me senté en el sillón de mi habitación de hotel en el centro de El Cairo. Escuchaba el sonido de los carros ir y venir. Mi avión salía en la mañana.

Regresé a mi hogar. Más bien a mi casa, mi hogar se había quedado en el otro lado del mundo. Todavía sentía el olor del sándalo y el narguile en mis ropas, todavía escuchaba el sonido de la darbouka, el riq y lo zaggats de las bailarinas en mi mente. Mientras mi corazón solo pensaba en cuando volvería a verla, en cuando mi destino me volvería a llevar al Casino Badia.

sábado, 17 de diciembre de 2011

La Imagen de un Desconocido

Ni siquiera sé su nombre, pero cuando sus ojos negros, negros como la noche y profundos como el mar se fijaron en los míos, entre aquella multitud de personas que iban y venían; fue como si lo conociera de toda la vida.

Era como si ambos nos conociéramos de mucho tiempo atrás, tanto, que no recordábamos fecha alguna. Pero no, su rostro, sus ojos, jamás los hubiera olvidado. Jamás.
Y miré su silueta llegar desde aquél pasillo a lo lejos, sumergido entre el océano de gente, pero de entre aquella multitud, sus ojos negros me llamaban desde el otro lado del lugar.

Yo, entumida y recargada en la pared de un local comercial, lo miraba desde lo lejos, como al caminar, jamás separaba su vista de mí. Y es que aunque sentía sobre mí muchas miradas mas, la de él fue la que llamó con más fuerza la atención de mi mente concentrada en mirar al vacío. Mi cuerpo temblaba, y me intentaba de abrigar con mis propios brazos, tratando siempre de evitar que mis labios, blancos y con sabor a sangre, siguieran temblando por el frío.

Él, caminando entre la gente, cual Moisés entre las aguas, envuelto en sombras, seguía con su siempre mirada fija, segura y a la vez tímida. Agachando su cabeza de vez en cuando, tal vez asustado por la gran atención que le prestaba. Sus ojos negros, contrastaban con el blanco de su piel y el rubio de su cabello, escondido bajo su abrigo. Sus manos en los bolsillos y el metal adornaban sus labios finos.

Pasó, a mi lado intentando mostrar indiferencia, que por supuesto de indiferencia no tenía nada. Y así, se marchó por aquél callejón y yo lo seguía, hasta que desapareció de mi vista. Como buena masoquista que soy, volteaba, de vez en cuando con la esperanza de volver a verlo.

Y volvió a aparecer, tan repentino y misterioso como antes. Y así como apareció, desapareció entre la gente.

No me preocupo, sé que nos volveremos a encontrar.

martes, 13 de diciembre de 2011

Carta A Un Danzante II

Siempre es lo mismo. ¿Es acaso cobardía? Jamás te podré comprender. Eres tan igual a mí, que resultamos siendo demasiado diferentes.

Siempre, siempre me dejas con tantas dudas en la cabeza, tantas sospechas, el corazón intrigado e incluso lágrimas de desesperación a punto de caer por mis ojos. ¿Qué te hace ser así? ¿Acaso eres tú el temido Karma? Siempre me haces sufrir demasiado, me dejas con tantas inseguridades, tantas preguntas en mi mente, que a veces dudo si lo que imagino en realidad es lo que iba a suceder.

Siempre me haces sufrir lo que sé que hice sufrir a otras personas. Siempre te hago sufrir lo que tú me haces sufrir a mí.

¿Qué hubiera pasado entonces? Si hubiéramos continuado nuestro camino, si jamás nos hubiésemos encontrado contratiempos; si no nos hubiéramos separado, si aunque te seguí por unos instantes; al continuar mi destino tú no me seguiste. Si me hubieras acompañado en mi camino, como tantas otras veces lo has hecho.

Pero, aquellas veces aunque aparentabas seguridad, he notado que titubeabas, que algo me querías decir o que algo querías hacer que no lo lograbas, no encontrabas el valor o no conseguías continuar. Yo sé que era, más no me atrevo a confesártelo, tú sabes que entre ambos creamos una guerra de orgullo más grande que dos emperadores que presumen de sus riquezas.

Descifrar tu pensamiento, es más confuso que seguir las gotas que deja una ola después de haber roto su trayecto sobre una piedra. Descifrar tu pensamiento a la vez es demasiado fácil, porque si lo pensamos bien, tú y yo somos demasiado parecidos.

¿Por qué me dejaste sola aquella mañana? ¿Por qué no te atreviste a partir conmigo? Me dejaste demasiado decepcionada, demasiado intranquila, me dejaste abatida y sola en el asiento de un camión.

Pero es que es imposible, jamás podré verte a la cara y no ceder ante ti, jamás podré resistirme a tu encanto y tu picardía, por eso te evito tanto. Así como te conozco lo suficientemente bien para saber que por el mismo motivo son pocas las veces que me miras a los ojos, que hay días que no te apareces y sacas astutas excusas que con tus artimañas hacen que pases ileso a las consecuencias de la irresponsabilidad.

Y lo reitero como otras veces, no es amor el que sentimos. Es el deseo de tenernos el uno al otro, es la ambición de querer resultar ganadores de esta competencia. Es la adicción que tenemos de recolectar almas. Es el anhelo de tener ese corazón, que tanto uno como el otro desea, ese corazón altanero y caprichoso que tenemos. La manía de siempre querer tener lo imposible, nuestro afán de resultar gloriosos del reto.

No podemos mantenernos enteros mientras estemos juntos, porque caemos presos de nuestros juegos, porque somos esclavos de nuestros deseos, porque no podemos estar tan próximos porque tarde o temprano uno de los dos caería rendido. Y tú jamás aceptarías una segunda derrota.

- María

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