Al lado del camino me encontraba, de pie, esperando.
Carros y más carros pasaban, yo siempre mirando por donde el camión debía de llegar.
De pronto una señal me dijo que volteara, y así miré esa mirada.
Fue un automóvil del color de la noche, del color de lo más oscuro del mar.
Fueron unos ojos tan intensos que desde lejos me llamaron.
Fue exageradamente extraño, fue exageradamente extra normal.
Pero era la mirada tan profunda de aquél hombre, que su rostro jamás podré descifrar.
Entre aquella gorra negra y su cabello rizado y oscuro se asomaban aquellos ojos de inquietante estupor.
Nuestras miradas por una centésima de segundo se encontraron y el al percatarse volvió su mirada hacia el camino.
Yo seguí el rastro de aquel automóvil color de antes del amanecer. Lo seguí hasta que desapareció entre la brisa del sur.
Yo seguí parada al lado de aquél camino, con aquella nube baja rociando mi cabello y aquél frío que inmovilizaba mi cuerpo.
Pero siempre, siempre recordando aquellos ojos negros como el espacio, infinitos como el cielo y profundos como el mar, en aquél rostro de marfil, que jamás podré descifrar.
jueves, 1 de diciembre de 2011
Al Lado del Camino
La Curiosidad
Siempre me han llamado mucho la atención las personas desconocidas, las personas extravagantes, de mirada solitaria y muchas historias por contar.
Sobre todo, me encanta registrar y escribir mis encuentros con esas personas. ¿Por qué? No lo sé, pero si en este momento me pusiera a indagar en los archivos de mi celular, en el que me la paso escribiendo noche y día después de haber vivido una situación que considero importante, me encontraría con cientos y cientos de relatos; del desconocido que se ofreció a pagar mi pasaje, del niño que me miraba cuando cruzaba la carretera, de la joven que conocí en el mercado y se convirtió en mi amiga, etc. El mundo, y sobre todo su gente y su forma de pensar es de lo más interesante que puede existir. ¿Qué pensarán? ¿Qué vivirán? No lo sé, y no me incumbe. Pero aún así jamás se me podrá quitar mi manía de hacerle plática a los extraños y, curiosamente, que los extraños se acerquen a mí.
Nunca me he considerado alguien necesariamente convencional, pero ¿Qué mas dá? NADIE, absolutamente NADIE es convencional, así que, ¡Para qué estresarnos tratando de encajar! Vivamos, y seamos nosotros mismos siempre.
Nunca sabes a qué intento de escritora loca te encontrarás en la calle, nunca sabes que podría escribir sobre ti.
Yo no le escribo al amor.
Yo no le escribo al amor.
¿Para qué? Si nunca lo he sentido
Si jamás he correspondido a nadie
Si jamás me he enamorado de verdad.
Yo no le escribo al amor.
¿Para qué? Si no lo busco
Y si, ha habido quien lo ofrezca.
He intentado, pero jamás lo he sentido.
Yo no le escribo al amor.
Sólo conozco la atracción,
La atracción que solo dura 3 minutos.
La atracción que rápidamente se desvanece,
Al ver que la víctima caía rendida a mis pies.
Yo no le escribo al amor.
¿Para qué? Si no lo quiero.
¿Para qué? Si no lo necesito
¿Para qué? Si en verdad… en verdad me da mucho miedo.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
400.
No puedo recordarlo, ni siquiera haré el esfuerzo porque no quiero, porque no lo quiero recordar.
Lo que sí recuerdo bien, era el contacto de su piel, el calor de su cuerpo, y su respiración que chocaba con la mía. Lo recuerdo bastante bien. Recuerdo los rayos de luz del atardecer que entraban, rojizos por la ventana, y el suave crujido del movimiento. Todo esto lo recuerdo muy bien. Y… ¿hace cuánto de esto? Hace unos dos, tres años quizás… incluso más creo. No sé, jamás me ha gustado hacer cuentas del tiempo, jamás me ha gustado ese concepto. Así como tampoco conté las horas que estuvimos juntos. ¿Cuántas fueron? ¿Dos?, ¿Tres?, ¿Seis horas? Eso tampoco lo recuerdo.
A veces, en mis noches de soledad, todavía siento sus manos sobre mi espalda y sus labios sobre mi cuello. Todavía recuerdo como me gustaba hundir mis manos en su cabello y como cada vez todo se convertía en un caos total. ¿La música? No la recuerdo, creo que era aquél ‘Reign In Blood’ que jamás terminamos de escuchar, aunque fácilmente pude haber dado unas 7 repeticiones. Sólo recuerdo su voz que me repetía una y otra vez aquellas palabras, y mi voz que ahogaba la suya.
Después de ahí, nada. Incluso a veces me cuesta trabajo recordar su nombre, y me es casi imposible reconstruir su rostro entre mis recuerdos.
Pero lo que sí recuerdo bien, fue como después de tantas horas, se quedó dormido. Le di un suave beso en la frente y me fui.
Para entonces ya era de noche. Mi carro generó un ruido estruendoso al prender, y temía que se despertara y me descubriera. Así que me fui a toda velocidad, y me marché a aquél café al que nunca había ido. Borré su número de mi lista de contactos, borré todos y cada uno de sus mensajes y correos. Eliminé cualquier rastro de su existencia y evitaba a toda costa encontrarlo.
Me fui dos semanas a algún lugar que jamás imaginaría, esperando olvidarnos mutuamente. La verdad, al día siguiente ya no me acordaba de él, yo ya me encontraba muy lejos, en un lugar muy muy lejos de ahí.
Jamás volví a saber nada de él. Y, solamente en mis noches más solas, recuerdo las luces del crepúsculo que adornabas su ventana, y el calor de nuestras almas elevadas. Después de ahí, nada.
martes, 29 de noviembre de 2011
Carta A Un Danzante.
No tengo idea de cómo comenzar esto. Bueno, si sé; pero no sé cuál de todas las opciones utilizar.
Empiezo a arrepentirme. Todavía recuerdo aquella carta hace un año exactamente. Aún recuerdo mi respuesta. Fue un poco cruel ¿no es así? Bueno, me he dado cuenta de que soy muy cruel, sobre todo cuando se trata de corazones ajenos, incluso con el mío propio. Sinceramente tenía miedo. Miedo de mí. Lo que te dije, era una mentira a medias. Era… ¿Cómo decirlo? ¿Una excusa? Un simple pretexto para distraer tu atención. Pero cada vez que recibía un nuevo mensaje con tus ruegos, aunque no lo quiera admitir, se me partía el corazón. Yo sí quería. ¿Pero qué era? ¿El orgullo acaso? No. Eran mis expectativas. Esperaba algo que no existe, esperaba una utopía. Tú eres lo contrario a cualquier ideal. Pero, ¿sabes? Eso es exactamente lo que me gusta de tí.
Hace un año y unos cuantos meses fue cuando todo pasó. Hace un año exactamente recibí aquella carta, que reflejaba el miedo en cada palabra. Un miedo justificado, y una sana prevención para aquella respuesta afilada.
Sinceramente, aunque pase el tiempo me sigo sintiendo mal, y creo que más y más mientras cada vez nos volvemos más viejos. No es que te ame. Es que simplemente esperaba y verdaderamente sigo esperando que tú algún día vuelvas a insistir. Insistir tan desesperadamente como aquella noche de invierno en la que cruelmente te me negué y me di media vuelta.
Lo puedo aclarar, no estoy enamorada de ti. Pero inevitablemente llegas a mi memoria de vez en cuando. Y siempre que me encuentro sentada en aquella cafetería, en la misma silla, en el mismo lugar y a la misma hora; escuchar tu voz a mis espaldas y escuchar el sonido de la silla que tú arrastras para colocar a mi lado, me cuesta fingir el desinterés. Es difícil contener el deseo de tomar tu mano cuando caminas a mi lado sin razón alguna, y es difícil disimular que jamás me has interesado.
Pero sabes cómo soy. Soy más orgullosa que un rey desterrado, y más soberbia que un dictador.
Aún así, quiero que sepas, que aún después de un año, me sigo arrepintiendo y me sigo culpando de aquél gravísimo error. Tu mismo me advertiste, pero es el orgullo el peor veneno para matar el amor.
sábado, 12 de noviembre de 2011
Viaje.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Sin Título
Nunca lloro. Pero esta vez, no podía controlar mis ganas de llorar. Estaba muy herida, o tal vez estaba desesperada. No lo sé, pero quería llorar. Esas palabras y esa discusión tan hiriente fueron la causa.
Me quedé sentada en el sillón de mi sala de estar, mirando al vacío y tratando de no pensar en lo pasado. Me puse a ordenar unas cosas, a distraer mi mente. Limpié mi guitarra traste por traste, afiné cada una de sus cuerdas para pensar en otra cosa, pero no podía. No podía.
Rápidamente subí las escaleras hacia mi habitación y deshice mis maletas, mientras algunas lágrimas caían de mis ojos. No podía soportar el contenerme, así que me encerré en el tocador de mi baño.
Me senté en una silla a un lado del espejo, sin ver mi reflejo. Inconsientemente, agaché mi cara, mientras apoyaba mis codos en mis rodillas y hundía mis manos en mi cabello. Y comenzé a llorar.
Tenía aproximadamente un año y medio que no lloraba, no sé por qué. Y tampoco se por qué ésto causó ese efecto en mí, tal vez eran las lágrimas reprimidas de muchísimos meses, tal vez esto de verdad me dolió. Pero no podía parar de llorar.
Las palabras como navajas destrozaban mi mente sin cesar, una y otra y otra vez se repetían en mi mente, y yo sin saber que hacer solamente las recordaba. Las quería apagar, las quería suprimir súbitamente. Pero no podía...
¿Acaso tenían razón? ¿Acaso yo era la que estaba mal? No podía dejar de pensar eso, jamás en mi vida había sentido la sensación de culpa tan fuerte.
Así que me quedé ahí. Sentada en el tocador, jamás mirando al espejo, con mis manos hundidas en mi cabello, con mis lágrimas empapando mi todo aquello que tocaban. Aquellas lágrimas de dolor.
Pasaron una, dos, tres horas... No sé cuánto tiempo. No sé cuánto tiempo estuve así. Siempre en la misma posición, jamás me movía del mismo lugar.
De repente, todos aquellos pensamientos desaparecieron de mi cabeza. Como si jamás hubieran sucedido.
Me levanté de mi silla y contemplé mi rostro en el espejo. Mi rostro que parecía el de un alma en pena. El blanco de mis ojos, mas rojo que la sangre se perdía en el negro de mis pupilas, en el negro de mis parpados que se corría por mis mejillas. Mi rostro, mas blanco que nunca, pálido y sin vida, se encontraba enmarcado por mi cabello alborotado, que no me había percatado hasta entonces, se enredaba en mis brazos.
No me reconocía en el espejo, parecía un ánima en pena. Inmediatamente comenzé a llorar.
Ya ni recordaba lo sucedido antes, ahora lloraba por verme en ese estado, verme tan demacrada.
Después de unos segundos, de repente, paré; y comenzé a reír, reír, reír. Ahora me daba risa la forma tan tonta en la que había actuado. Me lavé la cara, borrando cualquier rastro de lagrimas. Cepillé mi cabello y lo sujeté sobre mi nuca.
Me miré al espejo y sonreí con una risa burlona y pensé: ''¿Sabes qué? Al carajo los demás.''
Me dí media vuelta aún aguantandome esa risa, cerré la puerta, me dirigí a mi habitación. Y como siempre, tomé mi guitarra y me puse a cantar.
