Ha pasado mucho tiempo y ni la mitad del camino he recorrido.
Pero aún así, me encanta viajar en camión, escuchar a la gente hablar en sus lenguas ancestrales me hace enorgullecerme de mis raíces, de mi cultura.
El ver la diversidad que existe y la fusión de culturas que se logra en este punto del país, de mi patria.
Veo las montañas a lo lejos, una detrás de la otra.
Veo como la escasa vegetación reverdece entre el barro de la tierra.
Veo como el desierto y el mas se unen, en perfecta armonía.
Veo como se mira la línea oceánica a lo lejos.
Veo como los grandes cultivos, llenos de su color de vida.
Veo como nuestro alimento crece.
Veo como kilómetros de mallas se extienden hasta donde alcanza la visa.
Miro a los animales pasear libremente, a los perros corriendo y a las cabras paseando.
A las vacas acostadas al lado del camino, moviendo sus colas de lado a lado como si estuvieran bailando, con su vaquero cuidando.
Miro como decenas de motociclistas, rápidos como el viento pasan a mi lado y se pierden dentro de su nube de polvo.
A los jornaleros que desde el amanecer trabajan sin descanso.
Miro a los vaqueros, miro a mi gente paseando en sus caballos, con su indumentaria tan peculiar, y me hacen sentir que de verdad estoy en casa otra vez.
Veo como todo en conjunto logra el equilibrio perfecto, miro como todo es trabajo en equipo de la naturaleza y las culturas que crea el hombre.
Miro los pinos, miro los árboles, miro a las hierbas silvestres que crecen con humildad y sus pequeñas flores que alegran el paisaje.
Miro el paisaje desértico que caracteriza a mi lugar, llego a mi pueblo y todo se llena de color.
Veo las construcciones, algunas grandes, otras pequeñas.
Miro a los hombres vendiendo flores en las esquinas.
Escucho la música y el canto de mi gente.
El ruido de la gente, el ruido de los carros, personas conversando y el viento siempre soplando.
Y así termina la única ruta que tiene el camión, y yo; la única tripulante.
El chofer me despide con un ''Que tenga un buen día'', mientras yo me bajo y le contesto ''Muchas gracias, usted también''.
Al bajar me sacude un viento con olor a pan, cierro mi mochila, sostengo fuertemente mi guitarra y mientras me pongo mi gorro para protegerme del viento.
Paso por el parque de colores tierra, y por la iglesia que suena sus campanas; mientras camino por la orilla de la única carretera.
Unas personas en bicicleta, con bandera de Canadá y casco con orejas de Mickey Mouse me saludan y yo les sonrío.
Sigo caminando y llego hasta la puerta de mi casa, suspiro y abro el portón por primera vez en mucho tiempo.
Me recibe por el patio trasero mi fiel coneja Elena.
Me siento recargada en la puerta trasera de mi casa, Elena se recuesta en mis piernas; me quito mi mochila, mientras tomo mi guitarra.
Y me pongo a cantar.

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